La fórmula detrás de “Dos Escuelas por Día”: el papel de los privados de libertad en El Salvador

REDACCIÓN 5 de septiembre de 2026 5 de septiembre de 2026 Sin comentarios

De producir alimentos a fabricar uniformes, pupitres y componentes para las nuevas escuelas del país, privados de libertad reciben formación en distintos oficios mientras participan en actividades productivas vinculadas al sistema penitenciario y a proyectos públicos.

SANTA ANA, EL SALVADOR.– La periodista dominicana Lorenny Solano realizó un reportaje exclusivo para Telemedios canal 8 y LASO TV desde el Centro Industrial de Cumplimiento de Penas y Rehabilitación de Santa Ana, ubicado en el occidente de El Salvador, donde conoció el funcionamiento del Plan Cero Ocio y la participación de privados de libertad en distintos procesos de capacitación y producción desarrollados dentro del sistema penitenciario.
Entre esas actividades destaca la preparación de internos en oficios vinculados a la construcción y adecuación de centros educativos, así como la fabricación de mobiliario destinado al programa “Dos Escuelas por Día”, impulsado por el Gobierno del presidente Nayib Bukele.

“Dos Escuelas por Día” y el trabajo desde las cárceles

“Nosotros habíamos preguntado cuál es el secreto, cuál es la fórmula del presidente Bukele para entregar dos escuelas por día. Parte de esa respuesta está en el trabajo que realizan los privados de libertad”, expresó Solano.
Samuel Díaz, director del Centro Industrial de Cumplimiento de Penas y Rehabilitación de Santa Ana, explicó que los internos reciben capacitación en electricidad, carpintería, soldadura, pintura, metalmecánica y otras especialidades necesarias para la construcción y adecuación de los planteles.
La formación se complementa con la fabricación de pupitres, mesas, sillas, pizarras, estructuras y otros componentes utilizados en las escuelas. Según datos proporcionados por las autoridades del centro, la producción de mobiliario ha superado los 2,000 pupitres diarios.
Parte de la preparación técnica se desarrolla en módulos que reproducen instalaciones similares a las de un centro educativo. Allí los participantes aprenden canalización, cableado, montaje de tableros y distribución de circuitos eléctricos antes de aplicar esos conocimientos en los trabajos para los que son preparados.
La magnitud del proyecto cobra especial relevancia frente a una población que ronda los 1.2 millones de estudiantes en el sistema público salvadoreño, distribuida en más de 5,000 centros educativos a escala nacional.
Para algunos privados de libertad, fabricar mobiliario escolar tiene además un significado personal. La posibilidad de que uno de esos pupitres termine siendo utilizado por un hijo, un sobrino, un vecino o cualquier otro estudiante convierte el trabajo en una forma concreta de aportar a la sociedad durante el cumplimiento de la condena.

Plan Cero Ocio y la transformación penitenciaria

El programa se desarrolla en un país que durante décadas estuvo marcado por elevados niveles de violencia y por el control territorial ejercido por las pandillas.
El Salvador llegó a registrar una de las tasas de homicidios más altas del mundo. Los indicadores de violencia comenzaron a reducirse significativamente durante el Gobierno de Bukele, primero con la implementación del Plan Control Territorial y posteriormente con el régimen de excepción establecido en marzo de 2022.
Las medidas permitieron al Estado intensificar la ofensiva contra las estructuras criminales y estuvieron acompañadas de una pronunciada reducción de los homicidios. Las detenciones masivas y la prolongación del régimen de excepción, sin embargo, también han generado cuestionamientos internacionales relacionados con el debido proceso y los derechos de las personas privadas de libertad.
Dentro de ese nuevo escenario penitenciario se desarrolla el Plan Cero Ocio, que busca sustituir la inactividad por jornadas de trabajo y formación para los internos que cumplen con los criterios establecidos para incorporarse al programa.
Los participantes pasan por evaluaciones antes de acceder a determinadas áreas y asumir mayores niveles de confianza y responsabilidad dentro del centro.
Miles de privados de libertad forman parte de las distintas unidades productivas de Santa Ana, donde el tiempo de cumplimiento de la pena se combina con el aprendizaje de habilidades y la experiencia en diferentes oficios.
Uno de los internos resumió esa aspiración al hablar sobre el futuro que espera construir cuando recupere su libertad.
“Yo no me puedo quedar estancado. Yo tengo que aprender, seguir creando y demostrarle a la sociedad que si me equivoqué, me voy a hacer mejor”, manifestó.

Producción para el Estado y el propio sistema

La capacidad productiva de Santa Ana se extiende mucho más allá de los proyectos educativos.
Una amplia planta textil confecciona uniformes escolares y otras prendas destinadas a instituciones públicas. El proceso comprende patronaje, corte, costura, planchado, terminación y mantenimiento de los equipos.
Según las informaciones ofrecidas por los responsables, la planta cuenta con cinco módulos de producción y 27 mesas de corte. Dependiendo de la complejidad de las prendas, algunas líneas tienen capacidad para producir entre mil y 1,500 piezas.
Muchos de los internos incorporados a esas labores llegaron sin conocimientos previos de costura y fueron capacitados dentro del propio sistema. Algunos también aprendieron a reparar y dar mantenimiento a las máquinas utilizadas en la producción.
La actividad agropecuaria constituye otro componente importante.
Privados de libertad participan en el manejo de ganado y en procesos de reproducción animal. Entre ellos se encuentran 11 internos capacitados en inseminación artificial con apoyo del Ministerio de Agricultura y Ganadería, una formación especializada que podría tener aplicación laboral una vez concluida la condena.
La producción avícola alcanza aproximadamente 150,000 pollos por ciclo, según los datos suministrados en el centro. A ella se agregan cultivos de vegetales utilizados para cubrir parte de las necesidades alimentarias de la población penitenciaria.
Parte de esos productos es procesada en una cocina industrial donde otros internos participan en la manipulación y preparación de los alimentos.
El servicio contempla además dietas diferenciadas para personas con diabetes, problemas renales y otras condiciones que requieren atención nutricional específica.
Agricultura, ganadería, producción avícola y preparación de alimentos conforman así una cadena que permite atender parte de la demanda interna y, al mismo tiempo, generar experiencia práctica en distintas áreas.

Oficios para volver a empezar

La capacitación también alcanza la tapicería, fabricación de muebles, artesanía, pintura y jardinería.
Madera, barro, hierro, bambú y materiales reciclados son utilizados para elaborar diferentes piezas. Incluso elementos que normalmente serían descartados adquieren una nueva utilidad mediante el trabajo de los internos.
En los talleres artísticos se producen retratos, paisajes, bodegones y murales. Algunos de los participantes comenzaron a desarrollar esas habilidades después de ingresar al sistema penitenciario.
Las áreas verdes también son atendidas por privados de libertad que reciben conocimientos de jardinería, riego y cuidado de plantas.
Más allá de la diversidad de actividades, el elemento común es la posibilidad de adquirir conocimientos y experiencia que puedan conservarse después del cumplimiento de la pena.
En Santa Ana, la condena transcurre entre máquinas de coser, talleres, cultivos, animales, herramientas y espacios de capacitación.
Para quienes acceden al Plan Cero Ocio, la apuesta es que el momento de recuperar la libertad no llegue únicamente con una pena cumplida, sino también con un oficio aprendido y nuevas herramientas para comenzar otra etapa de sus vidas.

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